Sin precedente el número de niños detenidos al cruzar la frontera

Por Lynette Wilson
Posted Jul 21, 2014
Inmigrantes de Centroamérica llegan al centro local de refugiados en McAllen. Uno de ellos lleva información de donde viven varios de sus parientes en Estados Unidos. Foto de Trish Motheral.

Inmigrantes de Centroamérica llegan al centro local de refugiados en McAllen. Uno de ellos lleva información de donde viven varios de sus parientes en Estados Unidos. Foto de Trish Motheral.

[Episcopal News Service] Dieciséis muchachos con edades de entre 14 y 17 años se reunieron el 6 de julio en torno a un mapa de América en el que fijaron notas adhesivas con sus nombres de pila junto a sus países de origen. La mayoría de las notas fueron a dar a Guatemala, seguida por Honduras.

Entonces, la Rda. Susan Copley les pidió a los adolescentes que pusieran las notas junto al lugar al que se dirigían. Algunos dijeron que se quedarían con parientes en Nueva York; otros se dirigían a Texas, Alabama, Georgia, Kentucky, Tennessee, Maryland y California.

Un mes antes, el 5 de enero, Copley y algunos voluntarios de su iglesia comenzaron a visitar a los menores no acompañados en Abbott House, una agencia de servicios regional de carácter comunitario que tiene su sede central en Irvington, Nueva York, un pequeño pueblo del valle del río Hudson, justo al sur de Tarrytown, donde Copley es el rector de la iglesia de Cristo y la misión de San Marcos [Christ Church and San Marcos Mission].

Además de llevar a cabo visitas semanales, donde juegan deportes con los chicos y celebran una eucaristía abreviada en español, los miembros de la iglesia oran por los niños y se movilizan para apoyarlos. En una tarde, sus congregaciones de habla inglesa y española recaudaron $1.000 para comprar zapatos para los niños, algunos de los cuales llegaron descalzos a Abbott House.

No se trata sólo de proporcionarles a los niños “un contacto positivo con las personas que se ocupan de ellos”, invitando a diferentes miembros de la iglesia de Cristo y de la comunidad de San Marcos, lo cual contribuye a contrapesar algo de la negatividad que acompaña sus relatos, dijo Copley.

Desde principios de junio, las cifras récord de menores de edad no acompañados que han cruzado la frontera suroccidental [de Estados Unidos] fundamentalmente de Guatemala, Honduras y El Salvador— y la crisis humanitaria que se les asocia ha estado en las noticias, en las cuales los políticos han estado sorteándose la culpa, y los que protestan haciendo titulares.

Con excepción de los menores no acompañados provenientes de México y Canadá, que pueden ser devueltos inmediatamente a sus países de origen conforme a la ley de inmigración de EE.UU. de 2008, los menores que llegan solos deben ser detenidos por las autoridades estadounidenses y sujetos a una vista de deportación, que puede tomar años. Un menor no acompañado es por definición una persona menor de 18 años de edad que está separada de ambos padres y no se encuentra al cuidado de un tutor ni de ningún otro adulto.

Para ajustarse al influjo de menores inmigrantes, el gobierno ha improvisado albergues en bases militares y ha contratado hogares de tránsito, como Abbott House, donde los menores pueden ser atendidos antes de entregárselos a un pariente, con quién estarían hasta el momento de la vista de inmigración.

Abbott House les brinda a los menores que llegan solos cama y comida, asesoría de caso, consejería individual, servicios médicos y educativos, recreación y actividades de esparcimiento, aculturación, servicios legales, transporte y acceso a servicios religiosos antes de ubicarlos con familiares o en acogida temporal, según un comunicado de prensa del 4 de junio.

Las iglesias acuden a la frontera

En un llamado del pasado 3 de julio a la Diócesis de Texas Occidental, el obispo Gary Lillibridge describió las necesidades humanitarias de su diócesis, particularmente en las poblaciones fronterizas de McAllen y Laredo.

La iglesia episcopal de San Juan [St. John’s Episcopal Church] en McAllen, con la colaboración de Ayuda y Desarrollo Episcopales, se ha incorporado a una campaña mayor, la Comunidad de Fe de McAllen para la Recuperación de Desastres, un grupo de agencias eclesiásticas y gubernamentales que se han asociado para responder a crisis, mediante la ayuda  con comidas y lavado de ropa para individuos y familias albergados en la iglesia católica del Sagrado Corazón [Sacred Heart Catholic Church] o en tiendas levantadas en su entorno.

San Juan comenzó preparando mochilas con artículos de higiene personal, tales como jabones, champús y acondicionadores tamaño de viaje, un peine, un cepillo de dientes y otros artículos, así como paquetes de suplementos nutritivos, tales como galletitas de mantequilla de maní y barras de cereal.

“Organizamos ‘grupos de embalaje’ en la iglesia todos los domingos y miércoles y juntamos tantos paquetes como podemos, y embalamos esos paquetes según se necesitan”, dijo la Rda. Nancy Springer, auxiliar del rector en San Juan.

Empeños semejantes están teniendo lugar en Laredo, donde los feligreses de la iglesia de Cristo [Christ Church] preparan mochilas que también contienen artículos de higiene personal y nutricionales, para entregárselos a los niños y sus familiares que acuden a su ciudad.

Y en Arizona, donde se dijo que mujeres y niños se bajaban en las estaciones de autobuses de Tucson y Phoenix, la Iglesia también se ha sumado a los empeños interreligiosos.

Sin embargo, la crisis en el triángulo norte de América Central no sólo concierne a los niños, sino a los adultos y a las familias también. En las últimas semanas, decenas de miles de mujeres con niños y otros núcleos  familiares que huyen de la violencia en Guatemala, El Salvador y Honduras han llegado a Texas y Arizona, según explica una reciente actualización de la defensa de la inmigración  de la Red Episcopal de Política Pública: “Cuando las mujeres y los niños huyen de sus hogares en estas cifras ello indica una crisis humanitaria, no una amenaza a la seguridad”, dijo Katie Conway, analista de inmigración y refugiados de la Iglesia Episcopal. “Los episcopales a través del país han respondido a la crisis con compasión y amoroso servicio y llamamos al Presidente y al Congreso a hacer lo mismo. Creemos que Estados Unidos es capaz de hacerle frente a este desafío sin comprometer nuestros valores o nuestra seguridad, y sin darles la espalda a madres e hijos vulnerables que buscan paz y protección”.

(El 25 de junio, Conway y Alexander Baumgarten, director de la Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal con sede en Washington, D.C. presentó un testimonio ante el Congreso respecto a la crisis en nombre de la Iglesia.

En marzo, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), expresó su preocupación por el creciente número de niños que cruzaban la frontera “empujados por la violencia, la inseguridad y el abuso en sus comunidades y en sus hogares” y pidió a los organismos gubernamentales “que tomaran medidas para mantener a los menores de edad a salvo de abusos de derechos humanos, violencia y delitos, y para garantizarles su acceso al asilo y a otras formas de protección internacional”.

El ACNUR fundamenta su preocupación y su llamado a la acción en un informe de 120 páginas titulado Niños en fuga, que se basa en entrevistas con más de 400 menores no acompañados provenientes de Guatemala, El Salvador, Honduras y México que se encuentran bajo detención federal. El informe indica que muchos de los niños creían que corrían peligro en sus países de origen y que serían seleccionados por las autoridades que evaluarían sus necesidades de protección internacional sobre la marcha.

El informe dice también que muchos de los jóvenes entrevistados eran parte de movimientos de una  “migración mixta”, que incluye tanto a individuos necesitados de protección internacional como a migrantes en busca de trabajo.

“Es de suma importancia advertir que la vasta mayoría de estos niños pueden ser en verdad solicitantes de asilo”, dijo Deb Stein, director del Ministerio Episcopal de Migración. “Hablar de deportarlos a las mismas circunstancias terribles de las que huyeron por seguridad sin la oportunidad de buscar protección es ignorar sus derechos conforme a la Convención de los Refugiados de la ONU de 1951, de la cual EE.UU. es signatario. Esto se pierde en la acalorada retórica de deportarlos simplemente porque entraron ilegalmente al país, cuando en efecto no es ilegal solicitar asilo”.

A partir de octubre de 2011, el gobierno de EE.UU. comenzó a advertir un aumento dramático del número de menores no acompañados provenientes de El Salvador, Guatemala y Honduras, el cual para el año fiscal 2013 había aumentado de 4.059 a 21.573. Para el 15 de junio de 2014, el número había llegado a 51.279 para este año fiscal. Desde 2009, el ACNUR ha registrado un aumento en las solicitudes de asilo [de personas] provenientes de esos mismos tres países. El

Ministerio Episcopal de Migración,  el Ministerio de Justicia y Defensa Social de la Iglesia Episcopal Episcopal y Ayuda y Desarrollo Episcopales están trabajando juntos para conectar a los episcopales interesados en crear o compartir información, recursos y ayuda mutua para la promoción y el ministerio de la inmigración.

– Lynette Wilson es redactora y reportera de Episcopal News Service. Laura Shaver, encargada de comunicaciones de la Diócesis de Texas Occidental, colaboró con esta información.

Traducción de Vicente Echerri