El agua: ¿bien común o mercancía?

Por Lynette Wilson
Posted Mar 24, 2017

[Episcopal News Service] La demanda de agua se espera que aumente en un 55 por ciento para 2030 y al mismo tiempo los recursos hídricos solo pueden  cubrir el 60 por ciento de las necesidades del mundo.

“África, India, el Oriente Medio y Australia ya están en crisis”, dijo Maude Barlow, ex asesora principal de Naciones Unidas sobre el agua y autora, activista y crítica política. Algunos dicen “la solución de la crisis del agua es mercantilizarla”, añadió ella el 23 de marzo durante una sesión sobre “Aguas: bienes comunes o mercancías” durante el evento Justicia del agua,  una conferencia global que tuvo lugar en la iglesia de La Trinidad de Wall Street, en Nueva York, y que se transmitió por la Red al mundo entero, del 22 al 24 de marzo.

El Rdo. Brandon Mauai, diácono de la Diócesis de Dakota del Norte y miembro de la reserva de la nación sioux de Roca Enhiesta, habló acerca del apoyo de la Iglesia Episcopal a la nación sioux de Roca Enhiesta en tanto ésta y sus aliados se oponían a la ruta del Oleoducto para el Acceso a las Dakotas. Foto de Leo Sorel/iglesia episcopal de La Trinidad.

La conferencia se propone ofrecer una orientación práctica a individuos y congregaciones y a la comunidad de fe en general en torno a la necesidad de iniciativas de justicia hidráulica en zonas de acceso, sequías, polución, mareas altas e inundaciones. Justicia del Agua es la 46ª. conferencia anual organizada por el Instituto de La Trinidad, otras conferencias anteriores han abordado la justicia racial y la desigualdad económica.

Si los Grande Lagos, el mayor sistema de agua potable de la superficie de la tierra, “fuese bombeada tan inmisericordemente como el agua subterránea, se habrían secado en 80 años”, advirtió Barlow.

El mar Aral de Rusia, que fuera alguna vez el cuarto lago de agua dulce del mundo, es actualmente el 10 por ciento de su tamaño anterior.  La mitad de las aguas de China, un país rico en aguas, han desaparecido. Sao Paulo, la segunda ciudad más grande del mundo, está afectada por la sequía debido a la rápida destrucción de la selva tropical del Amazonas que ha reducido las nubes de vapor que solían llevar agua al centro y sur del Brasil.

Todo esto, dijo Barlow, está sucediendo mientras las corporaciones, los gobiernos y el Banco Mundial contemplan un mercado mundial de aguas, en el cual las aguas del futuro puedan venderse como el petróleo y el gas.

“¿Es [el agua] un derecho humano, un bien público o un recurso privado?, preguntó Barlow.

“Tenemos que protegerla celosamente en todas partes como un bien común”, dijo ella. “El agua no debe ponerse en el mercado. Eso no significa que el sector privado no tenga un papel a desempeñar. Pero la pregunta fundamental es quién es dueño del agua, y quién tiene acceso a ella y quien no, y en algunos lugares del mundo ahora mismo esta es una situación de vida o muerte”.

La [Organización de] Naciones Unidas dice que el agua es un derecho humano, y Barlow fue decisiva en hacer que la organización intergubernamental tomara esa determinación. El 28 de julio de 2010, la Asamblea General de la ONU reconoció el derecho humano al agua y al saneamiento y reconoció que el acceso a ambos es “esencial para la realización de todos los derechos humanos”. La resolución fue aprobada con el voto a favor de 122 naciones, ninguno en contra y 41 abstenciones, entre estas Estados Unidos y Canadá. (tanto EE.UU. como Canadá adoptaron posteriormente la resolución).

Sin embargo, decir que el agua es un derecho humano no significa que esté protegida o que todo el mundo tenga acceso a ella. Como ejemplos, Barlow mencionó a Detroit y Baltimore, dos ciudades que han cerrados los grifos de sus vecinos.

En Detroit, las tarifas del agua de los residentes de barrios urbanos deprimidos y económicamente insolventes se triplicó y muchas personas pobres no podían pagar sus facturas del agua; en Baltimore, los funcionarios municipales sostenían que era necesario tener un sistema en el cual todo el mundo pagara “su parte equitativa”.

Como señalara Christiana Zenner Peppard —profesora de la Universidad de Fordham, teóloga y experta en agua potable— en su respuesta a la plática de Barlow, un ser humano puede sobrevivir menos de siete días sin agua.

“El agua no es reemplazable por ninguna otra cosa;  es el punto de partida para el sistema humano, ecológico y planetario”, apuntó ella.  “Uno no puede hablar de agua y de justicia como dos cosas separadas”.

En términos de valores religiosos y de ética del agua, “es fundacional para la vida y entendida como finita”, y al menos desde el punto de vista cristiano, el acceso al agua es cuidar de “los hermanos más pequeños”.

La Iglesia Católica Romana ha sido defensora del agua como un derecho humano desde los primeros años de este siglo; en su encíclica sobre el medioambiente, el papa Francisco dijo que el agua no debía mercantilizarse.

La crisis mundial del agua se manifiesta de muchas maneras, desde crecidas hasta sequías, desde aguas contaminadas por toxinas a la proximidad de una fuente de agua potable. Luego de la charla de Barlow y de la respuesta de Peppard, el público de La Trinidad oyó tres testimonios de personas que viven en los frentes de tres diferentes crisis hidráulicas.

Tres años después de la crisis del agua en Flint, Michigan, los vecinos siguen dependiendo de agua embotellada para beber y para sus necesidades higiénicas, dijo Nakiya Wakes, activista y portavoz de Flint Rising, una coalición de organizaciones comunitarias que prepara a los residentes de Flint para un largo recorrido.

En abril de 2014, bajo el liderazgo de un gestor de emergencia y con vistas a ahorrar $5 millones, cambiaron el suministro de agua de la ciudad del lago Hurón a través del acueducto municipal de Detroit, para el río Flint, una fuente más corrosiva. Al mismo tiempo, el gestor de emergencia, buscando ahorrar $100 por día, ordenó que el agua no se tratara con una substancia química para impedir que el plomo pasara de las viejas cañerías de la ciudad al agua que corría por ellas destinada a los vecinos. Según el New York Times, el estado le dijo, por error, a los funcionarios de Flint que las normas federales no exigían el tratamiento del agua.

Casi inmediatamente después del cambio, los vecinos empezaron a quejarse del color, el sabor y el olor del agua y de irritaciones en la piel causadas al bañarse con ella, y no obstante los funcionarios del gobierno seguían defendiendo la calidad del agua. No fue hasta enero de 2016 que se declaró un estado de emergencia federal y que les dijeron a los vecinos que usaran sólo agua embotellada o filtrada para beber o bañarse.

Cuando todavía bebía agua de la llave, Wakes  sufrió un aborto involuntario de mellizos, contó ella, y tanto su hijo como su hija tienen elevados niveles de plomo en sus cuerpos; a la hija se le empezó a caer el pelo y el varón ha tenido problemas de conducta, y ambos tuvieron erupciones en la piel.

“Nos han mentido por demasiado tiempo y no confiamos en nuestro gobierno”, dijo ella. “Tres años más tarde estamos bebiendo agua embotellada…no tenemos acceso a agua potable en Estados Unidos de América. Llamaron a Michigan “puro” y estamos siendo puro envenenados”

El Rdo. Brandon Mauai, diácono de la Diócesis de Dakota del Norte y miembro de la nación sioux de Roca Enhiesta [Standing Rock] se refirió al apoyo de la Iglesia Episcopal  a la nación sioux de Roca Enhiesta en tanto ella y sus aliados se oponían a la ruta a seguir por el Oleoducto para el Acceso a las Dakotas. El oleoducto, de 1824 kilómetros, pasaba originalmente cerca de Bismarck, Dakota del Norte, pero le cambiaron la ruta después que los vecinos expresaran su preocupación de que un accidente pudiera contaminar el agua potable de la ciudad. En lugar de esto, el oleoducto cruza por debajo del río Misurí, a la altura del lago Oahe, un embalse que proporciona el agua para la reserva de Roca Enhiesta y otros sitios río abajo.

En septiembre de 2016, funcionarios federales paralizaron la construcción del oleoducto en terrenos limítrofes al lago Oahe, o debajo del mismo, el cual pertenece al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EE.UU., la agencia federal responsable de otorgar permiso de obras en tierras y vías fluviales públicas. En diciembre, el presidente Barack Obama bloqueó la construcción en el segmento en disputa del oleoducto.

En una de sus primeras decisiones luego de que tomara posesión, el presidente Donald Trump dio instrucciones al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de que adelantara la evaluación medioambiental del oleoducto para apresurar el proceso. El 8 de febrero, el Cuerpo de Ingenieros le dio permiso a la compañía para continuar la construcción.

Se espera que el petróleo fluya a través del Oleoducto para el Acceso a las Dakotas este fin de semana, dijo Mauai, en una conversación con Episcopal News Service luego de la sesión de la mañana.

“Eso realmente nos desmoralizó en Roca Enhiesta”, dijo Mauai. “Pero espero que esta conferencia creará conciencia a través del mundo porque esto no está sucediendo tan sólo en Roca Enhiesta, hay otros lugares donde también ocurre, en Navajolandia y en otras reservas en Estados Unidos. Y yo espero que Roca Enhiesta causará una impresión, que la gente va a decir ‘bien, esto es una enormidad, porque se trata de una amenaza a la fuente de agua de una tribu y los que la rodean’”.

No obstante, aun si el petróleo fluye por el oleoducto, la historia no se ha acabado, dijo Mauai.

“Seguiremos hablándole a todo el que nos quiera oír. La Iglesia continuará asumiendo un papel activo, hemos estado activos en poner orden … seguiremos adelante dondequiera que la tribu nos necesite como Iglesia allí estaremos para ayudar en lo que podamos”, afirmó.

Miles de episcopales participaron, en apoyo de la Nación Sioux, en la reciente marcha y concentración Naciones Nativas en Pie que tuvo lugar en Washington, D.C. el 10 de marzo.

El arzobispo Winston Halapua, uno de los tres primados de la Iglesia Anglicana en Polinesia y Aotearoa Nueva Zelanda, responsable de las congregaciones samoanas, tonganas, indofiyiana y fiyiana con sede en Nueva Zelanda, habló acerca de su niñez y adolescencia en Tonga, donde su vida estaba en sincronía con el ciclo de la marea.

El aumento del nivel del mar sigue reclamando islas enteras en el Pacífico, donde la Iglesia Anglicana de Aotearoa, Nueva Zelanda y Polinesia está estableciendo una “clara estrategia de resistencia” para fortalecer su respuesta ante futuros desastres naturales en las islas del Pacífico.

“El agua es un reflejo de Dios; ustedes y yo no vivimos sin agua”, dijo Halapua.

–  Lynette Wilson es redactora/reportera de Episcopal News Service. Traducción de Vicente Echerri.