Animando los espíritus, rompiendo el silencio

Por Pat McCaughan
Posted Sep 12, 2014

[Episcopal News Service] Estados Unidos y Canadá pueden estar separados por una frontera, pero los nativoamericanos de ambos lados de ella comparten una pavorosa realidad: su tasa de suicidios sobrepasa la de la población general.

En tal medida que “recientemente tuvimos una consulta internacional con personas de Estados Unidos y Canadá aquí en Six Nations [la reserva indígena de Seis Naciones Iroquesas]”, cerca de Brantford, Ontario, según el Rvdmo. Mark MacDonald, obispo para los indígenas de toda la nación de la Iglesia Anglicana del Canadá.

“Sabemos que existe una frontera oficial entre nosotros, pero estamos tratando con muchos de los mismos problemas”, dijo. “En términos generales, hay una tasa mucho más elevada de suicidios entre la población indígena de Norteamérica que en la población en general (véase un artículo relacionado aquí) y las causas son muchas y complejas”.

Por ejemplo, dijo MacDonald: “todas las personas presentes en esta reunión internacional se han visto afectadas por un suicidio de una manera íntima y personal, de manera que se trata de una impresión que nunca desaparece. Siempre está ahí y es una martirizante realidad para la mayoría de los indígenas”.

“Cuando un suicidio ocurre en una familia, a una familia, [sus miembros] se quedan callados”, según dice el Rdo. Norman Casey, rector de la parroquia de Seis Naciones [Parish of Six Nations] y miembro de la nación micmac, de Quebec.

“Lo ocultan, no saben cómo reaccionar, no saben cómo expresarlo. Es el tipo de tragedia que te hace pasar a la clandestinidad, y queremos cambiar esa actitud, ayudar a la gente a recuperarse, y la única manera de hacerlo es hablar sobre el tema, poder llorar por eso, lograr que la comunidad los acoja”.

Pasar del silencio a participar en la conciencia de la prevención y de las asociaciones comunitarias conlleva un intenso dolor, pero es el camino para recuperarse”, dijo Casey.

“Queremos llegar a un punto donde las personas puedan hablar sobre esto. Ciertamente lastima y resulta difícil. Pero, si podemos lograr que las personas se sinceren y conversen, eso ayudará a aliviar a algunos del dolor y podemos percibir que de eso brotan algunas cosas buenas”.

En Seattle: expresándose, tomando conciencia
El día antes de que le pusiera fin a su vida, James, de 18 años y su madre Elsie Dennis llenaron juntos sus solicitudes de becas universitarias.

“Sin embargo, en lugar de ir al desayuno de graduandos [de la Escuela Superior] y tomarse la foto con sus compañeros de curso, tuvimos un funeral y un oficio de entierro para él. Fue devastador”, dijo Dennis, asesora de comunicaciones de la Oficina del Ministerio Indígena de la Iglesia Episcopal que vive en Seattle.

La última foto de Elsie con su hijo James, de 18 años, quien le puso fin a su vida en junio de 2013. 

La última foto de Elsie con su hijo James, de 18 años, quien le puso fin a su vida en junio de 2013. 

Eso fue el 7 de junio de 2013, y todavía estamos estupefactos. Pero también queremos ayudar a otros y ayudar a otras familias a comunicarse. Si podemos evitar que una persona se suicide, podríamos considerarnos exitosos”, afirmó.

Luminaria en memoria de James en la caminata ‘Salir de las Tinieblas’ que tuvo lugar en Seattle en junio.

Luminaria en memoria de James en la caminata ‘Salir de las Tinieblas’ que tuvo lugar en Seattle en junio.

Ella aboga porque haya liturgias y oraciones para los “sobrevivientes de pérdidas” como ella y su familia, y ha recaudado dinero para crear conciencia de prevención a través de la caminata “Salir de las Tinieblas” de la Fundación Americana para la Prevención del Suicidio (AFSP) que tuvo lugar en Seattle en junio.

El objetivo principal “es eliminar el estigma de la enfermedad mental y del suicidio”, dijo Dennis. “Quiero que las personas reciban ayuda porque el suicidio es prevenible y mientras ese estigma se mantenga, las personas se sentirán muy indecisas y evitarán buscar ayuda”, agregó.

Carol Gallagher, obispa auxiliar de Montana, dijo que la toma de conciencia para prevenir el suicidio se incluye entre los materiales para la Colaboración Nativa de los Obispos (BNC), un programa de preparación para clérigos nativoamericanos dentro de la Iglesia Episcopal, y también con Bisonte Blanco [White Bison], una agencia de recuperación y bienestar sin fines de lucro asociada la Oficina del Ministerio Indígena.

“Una de nuestras esperanzas es ofrecerles papeles de liderazgo positivo a nuestros jóvenes y encontrar formas de ayudarlos a aprender los instrumentos que podrían necesitar para trascender los sitios tenebrosos donde parece no haber ni esperanza ni futuro… echando a un lado la vergüenza y dando testimonio de cómo Dios nos acoge a pesar de esas cosas por las que podríamos sentirnos avergonzados o fracasados”, dijo Gallagher, un chéroqui, que también es obispo misionero de la BNC.

Dennis, miembro de la nación shuswap, se pregunta qué llevó a su hijo James a quitarse la vida, ya que él no pidió ayuda ni buscó consejo.

Aunque las tasas de suicidio son “elevadas para la juventud nativa en la reserva”, la familia de Dennis vivía fuera de la reserva y ella imagina que “era difícil para [James] ser un joven nativo y tratar de adaptarse [a su entorno]. Es como tener los pies puestos en dos mundos, el mundo anglosajón y el mundo nativo y tratar de encajar y vivir en ambos”.

Ella cree que él, al igual que otros que contemplan el suicidio, resistió el mayor tiempo posible. Cada día se vive en las tinieblas. Creo que James resistió tanto como pudo, hasta el último día de su último año de secundaria; pienso que lo hizo por mí y por su papá”.

Standing Rock: vigilante y proactivo
El Rdo. John Floberg, canónigo misionero para la comunidad de la Iglesia Episcopal en la Reserva Sioux de Standing Rock, en Dakota del Norte, dijo que siete u ocho suicidios el año pasado han incrementado la vigilancia porque “con frecuencia no recibimos muchas señales de advertencia”. El número de suicidios fue “muy traumático” para la comunidad de unas 8.000 personas. “Siempre está en la pantalla de nuestro radar”, dijo Floberg. “El horror de eso se ha silenciado, y es algo horrible que está teniendo lugar”.

Hace unos pocos años, él se estaba preparando para asistir al funeral de su sobrino de 17 años —que se había quitado la vida— cuando advirtió lo que sonaba como ideas suicidas en la página de Facebook de una joven de la reserva.

“De manera que, mientras me dirigía en el auto al funeral de mi sobrino, me puse en contacto telefónico con algunas personas para que fueran e intervinieran, y se llegaran a su casa, y lograran algún contacto físico con ella o con uno de los padres o un tutor”, contó. “Si tengo la sospecha de que alguien [algún joven] está contemplando el suicidio, busco un adulto que se ponga de inmediato en contacto con él [o ella]. No los dejaríamos solos a menos que puedan decirnos que están en un lugar donde se sienten seguros y no tienen planes de hacerse ningún daño.

“Si un joven no puede prometer eso, entonces tomamos las siguientes medidas, o vamos al salón de emergencia donde pueden ser atendidos por un médico o a una instalación sanitaria para abordar lo que está pasando, pero no se lo dejamos a la casualidad”, apuntó.

Asociaciones comunitarias con consejeros escolares, asistentes sociales y otras [entidades o personas] intervienen en los empeños para prevenir el suicido, añadió. Si un suicidio se consuma, “el terapeuta nos llamará para trabajar mano a mano con los consejeros, a sabiendas de que muchísimos chicos y chicas tienen conexiones con nosotros a través de nuestro ministerio de los jóvenes. Con frecuencia, somos los primeros en acudir al lado de menores que están lidiando con el suicidio de otra persona”.

Conforme a su experiencia, el suicidio “no se basa en un incidente. A veces se basa en una serie de incidentes a lo largo de toda la vida. Lo que sucedió en el pasado que no llegó a resolverse. Es la sensación de que eso nunca va acabarse y el suicidio se convierte en un modo de terminar las cosas”.

Siempre que un suicidio se consuma, Floberg busca inmediatamente a los amigos íntimos de esa persona, por las dudas, dice, añadiendo: “queremos intervenir”.

‘Los suicidios son incesantes’
Unas pocas semanas después de que la Rda. Nancy Bruyere se convirtiera en coordinadora de tiempo parcial del Programa de Prevención de Suicidios para el Ministerio Indígena de la Iglesia Anglicana del Canadá, una prima suya se quitó la vida.

Eso fue en junio de 2013 y Bruyere aún no puede reprimir las lágrimas. En el curso de los últimos meses, “hemos tenido dos suicidios y uno de ellos en mi propia familia”, dijo.

“Mi propio sobrino —tenía sólo 25 años. En verdad nos dejó pasmados. Ninguno de nosotros esperaba que él hiciera algo así— y luego otro hombre joven, exactamente una semana después. Los suicidios son incesantes”.

Bruyere, de 54 años y de la nación ojibwe, que intentó suicidarse en dos ocasiones cuando joven, dijo que, si bien “puedo relacionarlo con los sentimientos de desesperación, depresión, vergüenza…” insiste en crear conciencia y ofrecer esperanza.

“Aunque a la gente no le gusta hablar del suicidio, debemos empezar a hablar de eso”, señaló. “Uno de los temores, creo yo, es que si comienzas a hablar de eso, más personas intentarán hacerlo en nuestra comunidad. Necesitamos hablar más sobre ese tema”.

Ella y la Rda. Cynthia Patterson, que no es nativa, ofrecen materiales para la prevención del suicidio y ayudan a poner en marcha los talleres y las sesiones de capacitación locales en el oeste y el este de Canadá respectivamente. La alta incidencia de suicidios proviene del legado del colonialismo y de los internados “con remoción multigeneracional de la cultura y privación de la vida comunitaria y del cuidado de los padres”, dijo Patterson a ENS. “Fue como un genocidio social”.

El sistema de internados comenzó a mediados del siglo XIX y terminó en los años 70 del siglo XX. El primer ministro canadiense Stephen Harper, en una disculpa oficial en 2008, dijo que dos objetivos fundamentales del sistema de escuelas internas “eran separar y aislar a los niños de la influencia de sus hogares, familias, tradiciones y culturas y asimilarlos en la cultura dominante.

“Estos objetivos se basaban en el supuesto de que las culturas y las creencias espirituales aborígenes eran inferiores e inadecuadas… Hoy reconocemos que esta política de asimilación fue errónea, que causó graves daños y que no tiene cabida en nuestro país”.

Casey dijo que las escuelas despojaron a varias generaciones de cultura, autoestima, amor y orientación paternos, creando subsecuentemente patrones de desesperación generacional heredada y… dando lugar al alto índice de suicidios del país entre los habitantes de la Primera Nación”.

Las iglesias ahora tienen un papel que desempeñar, ya sea mediante la creación de liturgias y oraciones, o auspiciando foros de adultos para promover la toma de conciencia, o reflexiones de Cuaresma, dijo Patterson.

“Uno no quiere que la familia sienta que Jesús abandona a su ser querido, porque Jesús ama a todos y uno quiere hacer hincapié en eso”.

Música, danza y espíritus animosos
Un campamento musical de verano para niños de 8 a 14 años de edad, que tuvo lugar en agosto en la parroquia de las Seis Naciones [de la confederación iroquesa] surgió de un suicidio devastador y se ha mantenido en ascenso.

El campamento musical de verano celebrado en agosto en la parroquia de Seis Naciones, cerca de Brantford, Ontario.

El campamento musical de verano celebrado en agosto en la parroquia de Seis Naciones, cerca de Brantford, Ontario.

Bajo el lema de “Animando los espíritus, rompiendo el silencio”, la iglesia y la comunidad se reunieron para hacer uso de instrumentos donados —violines, grabadoras, tambores, mandolinas, guitarras y teclados— “porque los niños están muy afectados por el suicidio en esta comunidad y aquí no tenemos ningún programa de artes en la escuela, debido principalmente a la falta de fondos”, dijo Casey.

“Aprendemos bailes campesinos típicos y danzas de cuadrilla y canto”, dijo él refiriéndose al evento de una semana de duración. “Esperamos que resulte contagioso. Intentamos no sólo animar el espíritu de los jóvenes, sino realzar su autoestima, para hacerles sentir bien ante sí mismos, darles un futuro, hacerles sentir importantes, que ellos pertenecen [a una cultura]. Eso nos ayudará y los ayudará a cambiar su futuro”.

Dorothy Russell-Patterson dijo que la idea para el campamento se le ocurrió un buen día. “Me pareció que era lo que había que hacer…tender la mano y tratar de darle algún sentido a lo que uno experimenta y no abandonarse a la desesperación y al aislamiento”.

Pero es más que un programa, “es una relación con la comunidad”, explicó. “Se desarrolló por sí solo porque yo perdí a mi hijo. Él se suicidó y no estaríamos donde estamos como una familia sin esa relación, sin la comunidad y sin mi familia, sin nuestros vecinos, sin nuestra familia de la iglesia”, dijo Russell-Patterson, de 68 años.

“Sé personalmente de cinco suicidios en el curso de este año”, añadió. “Según otras personas experimentan pérdidas, parece casi natural querer acercarse a ellas y ayudarlas a compartir, ayudarlas a compartir su aflicción y a que no se sientan aisladas”.

El campamento se convirtió en un modo de lograrlo; ahora hay planes en marcha para una oportunidad semejante después de clases. Los 22 niños que asistieron en agosto “van a ser nuestro grupo básico para que participen después de la escuela y empiecen a plantar algunas semillas y estimulen a otros”.

Con ayuda económica del Fondo de Recuperación de la Iglesia Anglicana, ella espera que “será un modelo que podría compartirse con las otras naciones indígenas a través del Canadá”. Rusell-Patterson, miembro de la nación payuga, concibe la creación de círculos de conversación, servicios de sanación y la posterior creación de un centro de recuperación —en el contexto de la prevención del suicidio.

Más inmediato, el 10 de septiembre, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, “vamos a hacer 200 almuerzos, a ponerlos en bolsas y a obsequiarlos en el parque en el corazón de la aldea a cualquiera que quiera venir, y les contaremos lo que estamos haciendo”.

De muchas formas, el campamento musical y las iniciativas para después de clase le rinden tributo a su hijo, Adam, que tenía 37 años cuando se quitó la vida el 7 de febrero de 2011. “Él no mostró ningún signo de nada, no hubo ninguna señal de advertencia”, dijo Russell-Patterson, enfermera jubilada que ha enseñado en el Mohawk College y en la Universidad de Columbia Británica.

“Era el más amable y gentil de los hombres”, recordaba ella. “Se había diplomado en música clásica. Tocaba la guitarra y el piano, interpretaba música, podía contarte la historia de una pieza y era un atleta fantástico. No era bebedor, no consumía drogas, no tenía problemas que salieran a relucir por actividades relacionadas con el estrés”, afirmó.

Entró en el negocio de la construcción y “trabajó la semana ante de quitarse la vida. Sincero con Dios, simplemente salió a caminar una mañana por el bosque y …” Rompiendo a sollozar, continuó: “yo no sé por qué. Mi esposo lo encontró”.

Recobrando fuerzas, añadió: “viviendo eso y conociendo el dolor más profundo que una madre podría sentir, pensé que en alguna parte podía encontrar a alguien más que también estuviera pasando por este dolor”.

Consolada por la certeza de que Adam “está en un buen lugar”, agregó: “es importante reconocer a la persona que has perdido. No a la muerte, sino a la vida, sus contribuciones a las vidas a las que se han acercado con amor, a la bondad que han dejado tras sí. Podemos ayudarnos mutuamente a través de esto y enfrentarnos con el dolor.

“En cualquier caso, eso es lo que me permite seguir adelante”.

–La Rda. Pat McCaughan es corresponsal de Episcopal News Service. Traducción de Vicente Echerri