Luisiana se vuelca a ayudar a los damnificados de Isaac

Por Mary Frances Schjonberg
Posted Sep 7, 2012

Algunas vacas se guarecen de las inundaciones causadas por el huracán Isaac en el portal de una casa que da a la autopista 23 en la parroquia [o condado] de Plaquemines, Luisiana. La marejada ciclónica que provocó el huracán cerró el tránsito en la autopista 23 y cientos de miles de personas se quedaron sin electricidad. Foto/ Julie Dermansky para la AP

[Episcopal News Service] No siempre son los huracanes mismos los que afectan el sur de Luisiana, sino sus secuelas, y el reciente huracán Isaac no fue una excepción.

“Con frecuencia no es la lluvia o el viento el que nos afecta, sino la crecida de las aguas después de la tormenta”, dijo Mark Stevenson, canónigo del Ordinario de la Diócesis de Luisiana, durante una entrevista telefónica con el Servicio de Prensa Episcopal (ENS) el 5 de septiembre. “El agua debería realmente ir en una sola dirección, y eso es hacía abajo, pero aquí tiene una tendencia a subir”.

“Esa subida del agua significa “que hay algunas personas que resultan realmente perjudicadas y algunas personas que han quedado profundamente afectadas por esta tormenta”, dijo Stevenson.

“Dicho eso, somos también muy afortunados en que no presenciamos los extensos daños regionales que vimos con el [huracán] Katrina en 2005 o incluso con el [huracán] Gustav en 2008”, agregó.

Isaac tocó tierra en Luisiana cerca de la desembocadura del río Misisipi como una tormenta de categoría 1. Según informes de la Prensa Asociada (AP), Isaac lanzó hasta 25 centímetros de agua en algunas zonas, y alrededor de 500 personas tuvieron que ser rescatados en botes y en vehículos para zonas inundadas. Se reportaron al menos cinco muertes relacionadas con la tormenta.

El huracán se mantuvo sobre el sur de Luisiana y lanzó una marejada ciclónica río arriba sobre el delta del Misisipi. Ello ocasionó notables inundaciones en las parroquias de Plaquemines y San Juan Bautista. Isaac inundó hogares y dejó a algunos residentes esperando por rescates en los techos de las casas. Aproximadamente 6.353 personas fueron evacuadas hacia albergues estatales, según el periódico Times-Picayune.

La [agencia de noticias] Prensa Asociada informó que funcionarios de Luisiana habían hecho un cálculo preliminar de que el huracán Isaac afectaría por lo menos 13.000 viviendas en el estado.

Las iglesias y otras propiedades diocesanas no sufrieron mayores daños, dijo Stevenson, aunque la iglesia episcopal de San Timoteo [St. Timothy] en LaPlace, se inundó y, si bien a la iglesia episcopal de Cristo [Christ Episcopal Church] en Slidell, no le entró agua, a varias casas de sus feligreses sí.

Muchas de las personas cuyas propiedades, fuesen viviendas o negocios, sufrieron serios daños están descubriendo que los costos de reparación “no son lo bastante importantes para superar el nivel deducible” de sus seguros, agregó Stevenson.

Incluso en zonas que escaparon a los daños de la tormenta, Isaac afectó a esos luisianos que viven al día, dependiendo de su salario inmediato, arguyó. “Gente que vivían de alguna manera en el límite económico antes de la tormenta, y los costos que conlleva la preparación para una tormenta son sencillamente tremendos”, explicó. “Y luego después, con la economía aún más deprimida debido a la tormenta [exige mucho esfuerzo] permanecer en pie”.

Ese impacto económico está influyendo en el enfoque de la diócesis a sus empeños de recuperación después de la tormenta. Stevenson dijo que si bien la diócesis ha recibido muchas ofertas de materiales y personas que están dispuestos a venir a Luisiana a ayudar “no estamos realmente seguros de lo que debemos hacer”.

En cambio, el personal diocesano está evaluando las necesidades de la gente, aliándose con otras organizaciones en las zonas más afectadas donde no hay una notable presencia de la Iglesia Episcopal, y siendo “muy específico y preciso” en su respuesta.

Stevenson añadió que la diócesis quiere dedicar el dinero donado localmente para ayudar a personas a comprar suministros y materiales de reparación que necesitan, incluidos gas y alimentos. Esas compras locales tienen un “doble beneficio”.

“Uno puede distribuir [lo que se ha comprado] a personas necesitadas y también estimular la economía local”, apuntó. “Eso es en verdad una parte importante de todo esto. La onda de la economía a través de todo esto”.

La diócesis está trabajando con organizaciones catolicorromanas, bautistas e interdenominacionales, con quienes se ha aliado en el pasado, para ayudar a tantas personas como sea posible en los días que siguieron a Isaac. “Nos valdremos de esas relaciones para llegar a personas [en lugares] donde no tenemos una presencia física”.

La diócesis también está experimentando con una página en su cibersitio para coordinar las necesidades materiales con donantes potenciales.

Además, Ayuda y Desarrollo Episcopales ha estado trabajando en las zona central de la costa del Golfo, así como en Luisiana y Misisipi, a partir de alianzas establecidas después que Katrina azotó la costa del Golfo en 2005.

“Han sido estupendos”, dijo Stevenson, y añadió que, en Luisiana, la organización está trabajando con Servicios Comunitarios Episcopales de ese estado.

Y, si bien Isaac no resultó una tormenta tan terrible como las que la costa del Golfo ha experimentado, la temporada de huracanes no se termina técnicamente hasta fines de noviembre.

“Ese es un problema psicológico —e incluso espiritual— muy importante”, subrayó Stevenson. “Está idea de los huracanes es aturdidora”, especialmente para los que experimentaron la devastación de Katrina.

Los recuerdos de esa tormenta “están tan presentes en el sistema que cuando esta tormenta empezó a orientarse hacia aquí, todo lo que podías hacer era dedicar toda tu energía a la preparación y a tu propia protección, de manera que, cuando el suceso pasa y esa adrenalina se quema, resulta agotador. Es física, emocional e incluso espiritualmente agotador”, afirmó.

El personal diocesano discutió durante una reunión el 5 de septiembre la necesidad de reunirse con consejeros y asesores espirituales para “sencillamente lograr, como individuos  y como grupo de personal y liderazgo diocesano, que Dios nos concentre y nos sostenga de manera que podamos hacer la obra que él nos ha puesto por delante”.

– La Rda. Mary Frances Schjonberg es redactora y reportera del Servicio de Prensa Episcopal. Traducido por Vicente Echerri.